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    January 11

    Acuarela

    Acuarela

     

     

    Sus piernas no dejaban de moverse, pero avanzaba por ese extraño presentimiento que el horizonte se acercaba cada vez más, de ahí que no le importaron los rasguños causados por las zarzas. Mientras más se acercaba a esa meta imposible, más sentía el deseo de brincar (siguiendo el ejemplo de los saltamontes, que no huían de ella, sino que más bien, la acompañaban), fue algo que se empezó a gestar desde el inconsciente, desde algún lugar inexplorado de su ser.

     

    Una vez en el borde del horizonte (meta impensable para la mayoría de nosotros, simples mortales) tuvo tiempo de ver toda la tierra a sus espaldas, con sus ríos, mares, montañas, bosques y desiertos, y a toda la humanidad... al mismo momento que veía al frente el todo y la nada. Fue ahí cuando el deseo de brincar se apoderó de ella...

     

    Sentía que caía, el vértigo le abrió la boca, enmarcada por un par de labios muy delgados. Y donde tenía que surgir un grito, emergieron millones de colores que se materializaron en un mundo de acuarela, con nubes lilas y árboles naranjas. Azules prados con flores multicolores a las que les rondaban insectos fosforescentes y pequeñas aves iridiscentes.

     

    De pronto sintió sus pies húmedos (odiaba el frío) pero siguió su camino en este mundo creado por su aliento. De cerca, se veían las hojas como manchones mojados, como hechos por un pincel grueso. Sin embargo, cuando caían, lo hacían suavemente mecidas por la brisa crema. Empezó a correr y no paraba de maravillarse con cada elemento nuevo.

     

    Había un gusano miope que buscaba sus lentes entre el pasto, sin darse cuenta que los tenía puestos a la mitad del cuerpo, también pasó junto a un grupo de vacas gordas que discutían fuertemente (al rededor de una mesa en la que tomaban el té) sobre el resultado de sus últimas liposucciones, de efectos “rebote” de sus dietas y de como hacer que sus ubres se agrandaran lo suficiente para llamar la atención del granjero. También había un par de conejos verdes presumiendo sus nuevos cojines en las palmas de sus patas traseras, se suponía que les daban mejor tracción y un agarre en las curvas fuera de serie, o eso interpretó antes de que salieran disparados, con toda imprudencia y desaparecieran tras una colina, en el proceso casi hacen desmayar a un par de cochinillas, que sintieron que su caparazón morado iba a quedar estampado en el suelo de este paisaje acuoso, bajo el nuevo par de implantes de los conejos. Y mientras los dos soles se escondían tras unas montañas fiusha con motas rosas, sintió sed.

     

    Los labios, blancos y agrietados de tanto correr (porque alcanzar el horizonte y saltar de él no es cosa fácil) buscaron instintivamente algo húmedo en donde posarse. Y como de casualidades está hecha la historia de los hombres, una hoja que caía de un árbol rojo se posó en su boca, como un beso. Ésta explotó en su lengua llenándola de un líquido sabor jamaica, un poco amargo para su gusto habría que señalar. Y siguiendo el ejemplo de este encuentro afortunado, se dispuso a probar las hojas verdes (sabor kiwi), las naranjas (sabor durazno), las amarillas (sabor plátano con crema) y las grises (sabor a chicle de frutas).

     

    Mientras llenaba su paladar de sabores nuevos, el atardecer casi desparecía a tiempo de dejarle ver una bahía con arena de colores, olas tranquilas con textura de turrón. Caminó hacia ella y se sentó para admirar la luna, inmensa y naranja, que sobresalía en un cielo ahora completamente verde (como sus ojos). No tenía frío ya, pero estaba cansada, así que se acostó en medio de un concierto coral interpretado por miles de sapos, eso si, graduados del conservatorio de música.

     

    Soñó con vuelos de avestruces con turbante que sobrevolaban un desierto de mármol (el mismo con el que estaba construida la casa de su abuela), lleno de dunas blancas y frías donde se marcaban las huellas de los camellos, que el viento borraba juguetonamente para llevarlas a otras dunas. También soñó con una cocodrila que lloraba desconsoladamente lágrimas terracotas en medio de un lago del mismo color, nadie sabía si el lago era de ese color por las lágrimas copiosas de la cocodrila, o si las lágrimas de esta eran de ese color por habitar en ese lago. Había también un enjambre de luciérnagas que brillaban azul al rededor del cuello de una jirafa con bufanda rayada. Este sueño fue de vital importancia, aunque no lo sabría hasta tiempo después.

     

    Una extraña sensación en la espalda la despertó, también se dio cuenta que tenía hambre. Había frutas y verduras de todos tipos y sabores, unos jamás vistos por sus ojos antes. Así que recogió algunos y se sentó a comer, con miedo a que le causaran daño, porque siempre había comido en casa de su madre.

     

    Fue mientras masticaba una sandía amarilla, cuando sintió de nuevo algo extraño en la espalda.

     

    Las alas eran enormes iguales a las de las mariposas y muy livianas, cambiaban de color según la luz o el paisaje en el que se encontraban, pero lo que más le extrañó, fue que las podía mover sin pensarlo mucho, como cuando mueves las pestañas para cubrir los ojos. Se había enamorado de la luna (hay que reconocer que es un mal común) y decidió esperar otro día en su mundo para esperar a que apareciera de nuevo y volar hacia ella. Lo que más le gustó de su nuevo par de alas era que podía abrazarse (alarse) con ellas tan fuerte como quisiera, cubriendo a su delgado cuerpo del frío.

     Mientras llegaba la noche, se detuvo a observar a un par de orugas que bailaban tango sorprendentemente bien, mientras un grillo tocaba el piano y una catarina la flauta. La acústica, como todo en el lugar, era acuosa y llegaba a los dulces como llega el sonido cuando estás debajo del agua. El curioso espectáculo fue atrayendo a espectadores de los colores y formas más extraños. En el cielo se veían miles de puntos hacia el oeste, pero al verlos con atención, éstos se agrandaban y se acercaban muy rápidamente. Finalmente, pudo ver que cada punto era un avestruz con turbante, pronto se sentaron todas junto a ella... No pudo dejar de pensar que olerían mal, pero de hecho tenían un olor extraño y agradable.

     

    Cuando el concierto terminó y los asistentes se fueron a sus hogares (si es que los tenían, porque ella no había visto ni una casa), las avestruces seguían sentadas junto a ella, el atardecer casi se extinguía cuando la luna decidió asomar su gran cuerpo naranja. Así que se paró y agitó sus alas, las avestruces hicieron lo mismo y pronto estaban volando juntas hacia su nuevo destino la luna.

     

    Existe una leyenda entre los camellos y varias criaturas de esa tierra incierta, de que una vez, hace muchos años, la mujer que creó su mundo se enamoró de la luna y fue a buscarla junto con mil avestruces con turbante, y que al alejarse volando se convirtieron en brillantes puntos en el cielo verde, y que era por eso que las estrellas se acercaban cada vez más...  a la luna.

    Comments (3)

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    Only snowwrote:
    Colorido y apetitoso texto.
    Invita a saltar hacia ese mundo de extensas cacofonías de belleza y arcoiris de pensamientos.
    Sin duda, con un mundo así, que parece de cuento pero está ahí, fuera, se hace la vida muy llevadera.
     
    Una intensa gama de sentimientos.
    Feb. 15
    Rebe Duewrote:
    Es una de las historias más preciosas que jamás leí.
    Y sabiendo de la historia que lo acompaña, mucho más.
    Eres un gran creador de ilusiones, pintas colores con palabras
    y sensaciones... Te envidio por tu musa y por tu creatividad.
    Un placer que lo compartas con nosotros...
    Muxus
    Jan. 15
    Picture of Anonymous
    (sin nombre) wrote:
    esta precioso
    maruca
    Jan. 12

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